Oración por la naturaleza:
Entre lamentos y esperanzas
 
He visto morir los árboles dolorosamente crujiendo hasta desplomarse con estrépito sobre el pisoteado manto de musgos y helechos de un bosque mutilado por la tala criminal. Escuché también el canto triste de ríos otrora cristalinos y hoy cubiertos de espuma detergente, o el fúnebre lamento de mares que dejan sobre la arena despojos: peces cubiertos de petróleo, negras espumas que se endurecen y semejan costras de cicatrices permanentes. Sé de especies animales y vegetales desaparecidas para siempre ante el acoso y la depredación "humanas"; sé de cisnes que entonan postreros cantos de agonía, varados en pantanos contaminados por desechos industriales; sé de plantas e insectos únicos que señoreaban el Pedregal de San Angel, zona del Valle de México donde confluyen la aridez del norte y la humedad del sur de nuestro país, zona que sucumbe día a día ante el avance sordo y ciego de los fraccionamientos, de las colonias residenciales, y que al morir se lleva consigo los singulares ejemplares de flora y fauna que sólo ahí y en ninguna otra parte crecían.

Entonces he sentido cómo a mí también me mutilaban, cómo amputaban de mí toda esa flora y esa fauna de las que formo parte... Y un poco de muerte comenzó a crecer en mi alma.

También el aire-estaba enfermo; y más allá de la atmósfera, donde para nosotros comienza. el camino a las estrellas, máquinas dementes espías de la muerte empezaron a girar alrededor del planeta: satélites en cantidad que atenta contra el equilibrio cósmico y además contra la cada día más tambaleante paz de nuestra Tierra. Y en los cinco continentes, otra amenaza contra la vida: la nuclear, amenaza que avanza lenta y pavorosamente ocasionando sismos, desequilibrios ecológicos... y miedo, el arma letal por excelencia.

Una infinita tristeza me ha invadido cuando, al pensar que me hallaba en parajes no afectados por la huella del Homo ignorantus , descubría latas de cerveza, bolsas de polietileno y árboles mutilados por sólo el pérfido placer de la destrucción, sólo por grabar en las centenarias cortezas un obsceno: "Aquí estuvo el uyuyuy".

Así van muriendo las selvas ante el asfalto, el aire ante las chimeneas, el agua ante los desperdicios... y crece la náusea, una marea de holocausto, un hálito de Apocalipsis que se revierte contra su inconsciente creadora: la humanidad, la que no aprendió a comulgar ni consigo ni con su entorno, la que no supo respetar el orden supremo de la armonía universal.

Sin embargo, ese orden supremo de armonía se recicla. Si se ve menoscabado, menoscaba al agresor y hace crecer en otros nuevas semillas de comprensión y esperanza, de respeto y equilibrio. la armonía busca nuevos corazones fértiles dispuestos a acunar la preservación de la vida, a luchar,. sin armas de violencia, por el tesoro que puede volver a acrecentarse y ser la perpetua herencia de las generaciones.

Por eso damos la bienvenida a los aliados de la naturaleza. Por el hombre y la mujer que llevan pancartas donde se lee: "Queremos un planeta digno de nosotros y nuestros hijos". Por los jóvenes que se manifiestan en las calles pidiendo a voz en cuello que desaparezcan las termonucleares. Por los grupos que intentan, a brazo partido, conciliar la civilización con la naturaleza. Por los científicos que proponen alternativas saludables. Por los artistas, músicos, pintores, poetas que ensalzan la belleza del mar o de la época otoñal. Por quienes tienen la valentía de no esconderse en el anonimato para oponerse a los planes criminales de los señores oscuros. Por todos los que en esta hora están unidos en pro de la vida, vaya un poema del mexicano Carlos Pellicer en homenaje:

"Hermano Sol cuando te plazca vamos a poner la tarde
donde quieras"
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Fuente: Grupo "Protectoras mundiales"
 
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